LAS CONVICCIONES DE JESÚS.

Por Guillermo A. Morataya.

Lectura bíblica: Juan 18:33-37:
Entonces Pilato volvió a entrar en el pretorio, y llamó a Jesús y le dijo: ¿Eres tú el Rey de los judíos?

Jesús le respondió: ¿Dices tú esto por ti mismo, o te lo han dicho otros de mí?

Pilato le respondió: ¿Soy yo acaso judío? Tu nación, y los principales sacerdotes, te han entregado a mí. ¿Qué has hecho?

Respondió Jesús: Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí.

Le dijo entonces Pilato: ¿Luego, eres tú rey? Respondió Jesús: Tú dices que yo soy rey. Yo para esto he nacido, y para esto he venido al mundo, para dar testimonio a la verdad. Todo aquel que es de la verdad, oye mi voz.


Reflexión: "Solo si llenamos nuestras almas de las verdades de Dios para nuestras vidas, viviremos una vida victoriosa.”


El pasaje bajo estudio nos traslada al momento cuando nuestro Señor Jesucristo compareció ante Poncio Pilato, quien desempeñaba el cargo de prefecto de la provincia romana de Judea, Samaria e Idumea.

Pilato fué el encargado de mantener el orden en éstas regiones y administrarlas judicial y económicamente. A la luz de la palabra, Pilato fue un hombre despiadado (Lucas 13:1), y sin convicciones propias, pues le interesaba más el agradar a la muchedumbre, que hacer prevalecer la justicia (Juan 19:12-16); en otras palabras era un cobarde.

En sus años como prefecto al servicio de Roma, seguramente juzgó y condenó a muchos hombres, muchos de ellos muy probable mentían cuando eran interrogados, otros quizá lloraban y suplicaban por su vida; de tal forma que Pilato tenía cierto conocimiento acerca de los distintos caracteres de los hombres.

Pero al interrogar a nuestro Señor Jesucristo, se enfrentó a un hombre con convicciones tan profundas; que aunque él no las comprendía, tanto las palabras como la personalidad del Señor le impactaron de tal manera, que aunque para él condenar a muerte a una persona no era algo que le trajera dificultad, entró en conflicto y buscaba la manera de soltarle (Juan 19:12).

Fue conmovido por el carácter de nuestro Señor, de tal manera que algo muy adentro le decía que ese hombre era inocente y no debía morir.

1. Las convicciones de Señor. Las palabras con las cuales nuestro Señor respondió a Pilato, nos hablan de las profundas convicciones que fueron parte de su vida, y que le llevaron a cumplir los planes eternos de Dios para la redención de la humanidad. "Mi reino no es de este mundo", “yo para esto he venido al mundo” (v36-37), fueron palabras contra las cuales se enfrentó Pilato, las cuales nos llevan a entender las verdades que movieron la vida de nuestro bendito Salvador.

Esas convicciones le sostuvieron de dejarse arrastrar por el pecado y presentarse a sí como un sacrificio santo, perfecto, agradable delante del Padre; como ese cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Por esta razón, la muerte no lo pudo sostener, pues el aguijón de la muerte es el pecado, mas Él siendo santo y perfecto dejó desarmada a la muerte.

Por esas convicciones Él pudo decir con autoridad: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al padre, si no por mí (Juan14:6)”. Por esas convicciones Él afirmaba su preexistencia y divinidad (Juan 17:5); por esas convicciones Él podía decir al pecador: "tus pecados te son perdonados (Lucas 5:20)”. Por esas convicciones Él pudo declarar su reinado (Juan 18:36).

Por esas convicciones entregó su vida sabiendo que al tercer día resucitaría (Lucas 18:31-33), por esas convicciones Él pudo dar promesa de su retorno y establecimiento de su reino y juicio sobre esta tierra (Mateo 25:31-32).

2 El pueblo del Señor necesita abrazar sus convicciones y moverse por ellas. Sin embargo la iglesia del Señor, aquellos que han sido llamados a ser un pueblo especial, un real sacerdocio, una nación santa, aquellos que han sido llamados a anunciar las virtudes del Señor sobre esta tierra (1 de Pedro 2:9), muchas veces se apartan del propósito que Dios tiene para sus vidas, pues se olvidan de sus convicciones.

Hermanos, nosotros no fuimos hechos para el pecado, sin importar qué nombre o forma tome este, nuestra vocación es la santidad, por esa razón nos fue dado el Espíritu del Señor, para fortalecernos en nuestra debilidad y para guiarnos a hacer lo agradable delante del Señor, pero debemos llenarnos de esas convicciones, somos del Señor, le pertenecemos a Él, nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro tiempo, es de Él, y para Él. Nuestro todo no está en esta tierra, somos peregrinos advenedizos en este mundo. Nuestro verdadero hogar está allá en los cielos en el lugar que Cristo preparó para nosotros.

Como hijos de Dios jamás estaremos sólos, en nuestro caminar sobre ésta tierra, Él ha prometido estar con nosotros, pelear nuestras batallas, sacarnos a victoria. Tenemos autoridad de parte del Señor para proclamar y hacer la obra de Dios sobre esta tierra.

Nos ha sido dada Su Palabra para guiarnos, para consolarnos, para sostenernos, para edificarnos, para redargüirnos, para que crezcamos en la gracia.

Conclusión: Así que, teniendo tan cantidad de bendiciones, imitemos a nuestro Señor, no seamos cobardes, ni insensatos, mas bien, comportémonos varonilmente; digamos con nuestras vidas que el Señor vive, que su obra es real, que Su poder cambia las vidas pues ha cambiado la nuestra, y no seamos de escarnio para el nombre del Señor, movámonos como hijos del Rey, como siervos amados, como soldados aguerridos, como ciudadanos del reino celestial.

Dios les bendiga.

www.OrientacionesBiblicas.org

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